Mientras el mundo en modo frenético despedía el 2010, ya en un momento vuelto “viejo” y moribundo, la Iglesia con su milenaria sabiduría nos propone en la Santa Misa de fin de año el Prologo del evangelio de San Juan: “En el principio existía la Palabra y la palabra era Dios…”. Al mundo, para el cual todo tiene fecha de vencimiento, el cristianismo contrapone la verdad ontológica del cosmos por la cual todo es un eterno comienzo, un eterno presente.
![]() |
| Cronos vencido por el Amor, Venus y La Esperanza - Simon Vouet |
La creación no está destinada a desaparecer en la nada, más bien San Pedro nos recuerda que habrán cielos nuevos y tierras nuevas. Es decir, que el cosmos, el cual gime los dolores del parto esperando la resurrección de los Hijos de Dios, no sólo no cse acabara, sino que conocerá, un nuevo modo de ser, para nosotros desconocido.
¡Qué diferencia vivir con la certeza de un “por siempre” a la del engaño de fin de todo! En el primer caso, la vida se llena de dinamismo, de gusto, de alegría, de creatividad. En el segundo caso inevitablemente será la desesperación en manos del poder dominante la que nos defina, volviéndonos cínicos, títeres destinados a desaparecer en la nada.
¿Qué sería la vida si la realidad tuviera la misma suerte de la mercadería que se vende en los supermercados donde cada producto lleva bien visible su fecha de vencimiento? ¿Qué serían las relaciones humanas ti todas llevaran la fecha de vencimiento? Todo sería terriblemente absurdo y la muerte sería la única solución. Sin embargo, también si la cultura nihilista de hoy está totalmente empapada de esta negatividad, asumida como criterio de la vida de las relaciones humanas (divorcio, eliminación y sustitución del matrimonio heterosexual monogámico, homosexualidad, etc.) el corazón del hombre, ese puntito rojo que late, bien representado por Matisse en su “Ícaro”, grita potentemente que no es así, que el hombre está hecho por el Infinito, que una vida, que una relación con fecha de vencimiento es absurda además de inútil.
Cuando el filosofo existencialista francés Gabriel Marcel, afirmaba que “amar significa decir al otro: tú no morirás”, quería expresar la evidencia de la exigencia más elemental, más originaria que el Infinito mismo ha impreso en el corazón de cada ser humano que nace. Y si somos sinceros ¿quién de nosotros en su primer amor, cuando se enamoró por primera vez de un(a) chico(a), no le ha dicho, no le ha jurado: “Te amaré para siempre. Seré tuyo(a) por siempre”. Y ¿quién en un ímpetu de gran pasión no ha firmado una carta a su enamorado(a) dibujando dos corazoncitos traspasados por una flecha y debajo de la firma el “Tuyo por siempre”?
Estas tres palabritas, un adjetivo, una preposición y un adverbio, contienen la esencia misma del Yo, creado para un destino eterno. Sin embargo hasta cuando el “Verbum”, que era desde el inicio y que tunca tuvo inicio, se hizo carne, el tiempo fue sólo el enemigo más grande, el único gran enemigo del hombre, el que tenía como fin acabar con todo y con todos. Por eso los griegos lo representaban, el tiempo, con un mito al cual dieron el nombre de Cronos.
Cronos, según la mitología devoraba a sus hijos. Solamente Zeus fue salvado de la boca de Cronos (Rhea, la Tierra, madre de Zeus, lo escondió en un sitio para animales domésticos y envolvió una piedra en una manta del bebé. Ella puso la piedra en la cuna, y Cronos se comió la piedra en lugar de Zeus). Se dice que cuando Zeus se rebelo contra Cronos, volviéndose así la suprema divinidad, el anciano dios fue vencido por el Amor, la Alegría y la Esperanza . Para el pensamiento griego el tiempo marcaba la gran injusticia de la vida, del cosmos.
En este contexto se aparece un día un Arcángel a una chica que con su SI cambio la concepción inhumana que está en contraposición del corazón, del tiempo y del espacio (no ha sido una casualidad que la Iglesia celebre al comienzo del mes la Virgen Theotokos, madre de Dios). No más Cronos quien se devora a sus hijos, sino Cronos junto con el Topos, el espacio, en el cual lo que era desde el Principio se hizo carne y sigue presente.
Desde aquel SI el tiempo se volvió amigo del hombre y en compañía del espacio dieron origen a lo que llamamos la historia humana. No más el nihilismo coactivo y desesperado de antes sino el comienzo de la civilización. No más el hombre arrastrado por Cronos en la tormenta del espacio hasta desaparecer en la nada, sino el hombre como protagonista de la historia. No más el Tiempo (Cronos) como el padre que devora a sus hijos, sino como la condición, el amigo que permite al hombre experimentar de un lado la verdad de su camino hacia la eternidad con toda la carga de positividad que esta certeza conlleva, y del otro, la gracia de experimentar en la paciencia del tiempo que transcurre, la misericordia divina.
La historia, la gran historia del hombre, después del fracaso inicial el pecado original comienza con la Encarnación del Hijo de Dios. Desde aquel día la historia, es decir, el tiempo y el espacio, se ha vuelto el lugar donde la libertad de Dios, deseosa de encontrar la libertad humana, y la libertad humana, deseosa de reconocer en el Misterio la propia consistencia, encontrándose forman aquel lugar de certeza y esperanza que es la Iglesia. Es decir, la contemporaneidad de Cristo, lugar en el cual no sólo nadie se pierde, sino que todos viven continuamente redimidos, salvados.
Hasta mis pecados, ahora que Cronos ha sido redimido, habiéndolo el Verbo asumido como modalidad para entrar en el espacio, no sólo no son más motivo por el cual el tiempo que pasa sería un enemigo, sino que gracias a mis pecados el tiempo es el lugar de la misericordia divina. Y este es el motivo por el cual en la Iglesia el año no comienza el primero de enero sino con Adviento, es decir, con el latido del corazón que busca “el eterno infante” y termina con la fiesta de Cristo Rey, el Pentacreator, el Señor de todas las cosas.
El tiempo en la Iglesia es el recorrido de la creación que encuentra en la redención la nueva creación y sigue en su camino hacia la Parusía cuando Cristo será todo en todos. Un camino, como el de Jesús, el Verbo hecho carne, donde el sacrificio, la cruz, son parte integrante para llegar a la Resurrección. Dolor y sufrimiento que si para los griegos y todos los pueblos eran inexplicables y formaban parte de la voracidad rabiosa de Cronos, para los que reconocieron y reconocen a Cristo no son solamente un “castigo” producto del pecado original, sino una gracia en cuanto participación de los sufrimientos de Cristo para su cuerpo que es la Iglesia.
En esta perspectiva se comprende porque la Iglesia al final del año solar, el 31 de diciembre, propone el “Te Deum laudamus. Te Dominum confitemur”, porque es consciente que cualquier circunstancia o detalle que haya sido vivido por el hombre en los 365 días del año ha sido una posibilidad para reconocer la buena voluntad del Padre, quien incluso mediante la situación más incomprensible a la razón, como el dolor, la enfermedad, el dolor inocente, muestra en su Hijo, la predilección que tiene por cada hombre.
Viviendo día tras día con el dolor, que muchas veces se vuelve insoportable, la lentitud del tiempo que nunca pasa, se vuelve para mí cada vez más claro que no existe circunstancia, por más “fea” o “irracional” que sea, que no esté dentro de un diseño más grande y bueno, comprensible solamente mirando a la cruz de su Hijo.
Ha comenzado para el mundo un nuevo año y Dios quiera que sea la oportunidad para encontrar aquel Hombre que haciéndose carne dio consistencia al tiempo y el espacio, es decir, a la historia de cada uno, porque si no fuera así Cronos se volvería a comer a sus hijos, a nosotros, y la vida, con su inexorable fecha de vencimiento nos llevaría a la desesperación. Cristo vino para sacar esta fecha de vencimiento y poder decir a todo el cosmos, pero en particular a la autoconciencia del cosmos que es el hombre “Tú no morirás”.
¡Qué diferencia entre volver a casa a la tardecita, abrazar a tu esposa (o), tu novia (o), tus padres, con la certeza que “no morirá” y volver con la desesperación que todo y todos acabaran en la nada! Deseo a cada uno esta mirada llena de ternura, esta certeza que llena la vida de gozo y el andar humano lleno de significado: “Tú no morirás”. Cristo ha vencido a Cronos y Cronos se ha vuelto con el Espacio, factor constitutivo de la historia de la salvación, de tu historia personal donde tu libertad encontrando la de dios se vuelve protagonista, autoconciencia del cosmos. “Yo soy Tú que me haces”.
P. Aldo



