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sábado, 16 de octubre de 2010

Educar es comunicar la pasión por la belleza de la vida, la pasión por Cristo

Duele y entristece ver que también nosotros los católicos hemos reducido la educación a información, a una comunicación de valores y no a la capacidad de introducir al chico en el conocimiento de la realidad según la totalidad de los factores que la componen.
Lo que está pasando en estos días nos obliga no sólo a preguntarnos ¿qué significa educar? sino ¿cómo cristianos cuál es la conciencia que tenemos de ser los protagonistas en esta tarea, la más bella e importante de la vida? ¿Por qué somos a menudo los primeros en brillar por la ausencia, dejando en poder del Estado y colegios decidir la identidad educativa?
¿Cuál ideal proponemos a los jóvenes de hoy? Jóvenes cansados ya desde el primer día de su vida, jóvenes que arrojándose en la nada de la sexualidad, del hedonismo, del alcoholismo, de la drogadicción, nos escupen en la cara el vacío en que viven, su desesperación, su rabia contra una sociedad adulta ausente de la realidad, definida por el éxito, por la cultura de la nada. Una realidad adulta que de hecho se lava las manos en cuanto a sus hijos entregándolos al poder dominante, definido por el relativismo, el conformismo y el hedonismo.
¿Es posible que no sintamos el grito desesperado de las nuevas generaciones que buscan el significado último por el cual vivir? ¿Es posible que seamos tan tontos para pensar que el problema de los jóvenes es la sexualidad que, aun siendo una dimensión ontológica del ser humano, no agota la totalidad de su persona? ¿Por qué no somos serios y nos preguntamos qué significa educar?
Recientemente en una encuesta hecha entre jóvenes de Colombia (en Bogotá), resultó que de cada cinco de ellos, uno había pensado en el suicidio. En los Estados Unidos, el suicidio es la tercera causa de muerte más frecuente para los jóvenes de entre 15 y 24 años de edad, y la sexta causa de muerte para los de entre 5 y 14 años. En México, el suicidio es la tercera causa de muerte en jóvenes menores de 15 años y la quinta en jóvenes de 15 a 29 años de edad. No son casos aislados, son meros ejemplos porque en todo el mundo la tasa más alta de suicidio por 100.000 habitantes, más del 40%, se registra entre los 15 y los 24 años (en América Latina la tasa de suicidios entre menores de edad es de 6,8 por cada 100.000 personas y en Paraguay del 8,1), un grupo de población altamente activo desde todo punto de vista: familiar, social, económico.
El número de suicidio entre los jóvenes va en aumento. Después de los accidentes, el suicidio representa la segunda causa de deceso entre los menores. El problema es tan grave que la Organización Mundial de la Salud considera el suicido como un problema de salud pública. Las frías estadísticas son aún peores si consideramos el llamado “suicidio encubierto”, que se da por el consumo de drogas, de alcohol y de sustancias nocivas. Se ha descubierto que  (de manera inconsciente) los niños, preadolescentes, adolescentes o adultos queriendo evadir sus dolencias,  buscan terminar con su vida al ingerir las drogas y por ello se habla de un suicidio encubierto.
Nunca en la historia del mundo se había llegado a tanta desesperación. Esa conducta en adolescentes y menores -ideación de suicidio, intentos de suicidio y el suicidio mismo- no es algo que pueda considerarse como un problema aislado, subjetivo, individual o simplemente patológico.  Y si la situación es está ¿cómo podemos seguir hablando del “aire frito” cuando en juego está el destino de nuestros hijos? La violencia, también la sexual, escribe Pavese “nace de la falta de ternura”, y Malraux diría que la causa radica en el hecho que “no hay más un ideal por el cual vale la pena sacrificarse”. ¿Habrá un sentimiento más desolador que la desesperanza?
En este contexto desesperado, sin embargo, existe un hombre – quizás el único – que junto con otros que le siguen como hijos se erige en la nada que vivimos y propone a todo el mundo un ideal, o mejor, el ideal, el motivo, la razón por la cual vale la pena vivir. Un hombre que nada tiene que ver con lo “políticamente correcto”, con ciertas “diplomacias” humanas que, queriendo arreglar todo, de hecho desordenan todo. Este hombre es Benedicto XVI quien a cada momento nos hace vibrar por la fe que vive, de su pasión por Cristo. Él, el Vicario de Cristo, se sirve de cualquier circunstancia para anunciar a Cristo, para proponer sin miedo alguno, sin falsos respetos humanos, que significa ser hombre, que significa razón, que significa familia, matrimonio, tener hijos.
Su viaje a Inglaterra ha sido el último de los tantos momentos en el cual el Papa, a cuatro años del famoso discurso de Ratisbona, donde hablando de la razón humana suscito la ira de medio mundo, ahora en un país laico y mayoritariamente pagano volvió a hablar de Cristo a los jóvenes. Y no sólo a los jóvenes sino a todos los ingleses y a nosotros mismo. En uno  d sus encuentros, esta vez con los estudiantes católicos del reino Unido, reunidos en la Universidad Católica de Saint Mary, y delante del Ministro de Educación de Inglaterra, después de haber escuchado de parte del rector todos los éxitos logrados por los alumnos de dicha Universidad, el Santo Padre dijo:
Con vistas a los próximos Juegos Olímpicos en Londres, me ha sido grato inaugurar esta fundación deportiva, llamada así en honor del Papa Juan Pablo II, y rezo para que cuantos vengan aquí den gloria a Dios con sus actividades deportivas y disfruten ellos mismos y los demás.
No es frecuente que un Papa u otra persona tenga la posibilidad de hablar a la vez a los alumnos de todas las escuelas católicas de Inglaterra, Gales y Escocia. Y como tengo esta oportunidad, hay algo que deseo enormemente deciros. Espero que, entre quienes me escucháis hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros. Y, sin duda, lo mejor para vosotros es que crezcáis en santidad.
Quizás alguno de vosotros nunca antes pensó esto. Quizás, alguno opina que la santidad no es para él. Dejad que me explique. Cuando somos jóvenes, solemos pensar en personas a las que respetamos, admiramos y como las que nos gustaría ser. Puede que sea alguien que encontramos en nuestra vida diaria y a quien tenemos una gran estima. O puede que sea alguien famoso. Vivimos en una cultura de la fama, y a menudo se alienta a los jóvenes a modelarse según las figuras del mundo del deporte o del entretenimiento. Os pregunto: ¿Cuáles son las cualidades que veis en otros y que más os gustarían para vosotros? ¿Qué tipo de persona os gustaría ser de verdad?
Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí mismo, no es suficiente para haceros felices. Estar altamente cualificado en determinada actividad o profesión es bueno, pero esto no os llenará de satisfacción a menos que aspiremos a algo más grande aún. Llegar a la fama, no nos hace felices. La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón.
Dios no solamente nos ama con una profundidad e intensidad que difícilmente podremos llegar a comprender, sino que, además, nos invita a responder a su amor. Todos sabéis lo que sucede cuando encontráis a alguien interesante y atractivo, y queréis ser amigo suyo. Siempre esperáis resultar interesantes y atractivos, y que deseen ser vuestros amigos. Dios quiere vuestra amistad. Y cuando comenzáis a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. A medida que lo vais conociendo mejor, percibís el deseo de reflejar algo de su infinita bondad en vuestra propia vida. Os atrae la práctica de las virtudes. Comenzáis a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un gran daño, y deseáis evitar caer en esas trampas. Empezáis a sentir compasión por la gente con dificultades y ansiáis hacer algo por ayudarles. Queréis prestar ayuda a los pobres y hambrientos, consolar a los tristes, deseáis ser amables y generosos. Cuando todo esto comience a sucederos, estáis en camino hacia la santidad.
En vuestras escuelas católicas, hay cada vez más iniciativas, además de las materias concretas que estudiáis y de las diferentes habilidades que aprendéis. Todo el trabajo que realizáis se sitúa en un contexto de crecimiento en la amistad con Dios y todo ello debe surgir de esta amistad. Aprendéis a ser no sólo buenos estudiantes, sino buenos ciudadanos, buenas personas. A medida que avanzáis en los diferentes cursos escolares, debéis ir tomando decisiones sobre las materias que vais a estudiar, comenzando a especializaros de cara a lo que más tarde vais a hacer en la vida. Esto es justo y conveniente. Pero recordad siempre que cuando estudiáis una materia, es parte de un horizonte mayor. No os contentéis con ser mediocres. El mundo necesita buenos científicos, pero una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia en nuestra comprensión del mundo. Necesitamos buenos historiadores, filósofos y economistas, pero si su aportación a la vida humana, dentro de su ámbito particular, se enfoca de manera demasiado reducida, pueden llevarnos por mal camino.
Una buena escuela educa integralmente a la persona en su totalidad. Y una buena escuela católica, además de este aspecto, debería ayudar a todos sus alumnos a ser santos. Sé que hay muchos no-católicos estudiando en las escuelas católicas de Gran Bretaña, y deseo incluiros a todos vosotros en mi mensaje de hoy. Rezo para que también vosotros os sintáis movidos a la práctica de la virtud y crezcáis en el conocimiento y en la amistad con Dios junto a vuestros compañeros católicos. Sois para ellos un signo que les recuerda ese horizonte mayor, que está fuera de la escuela, y de hecho, es bueno que el respeto y la amistad entre miembros de diversas tradiciones religiosas forme parte de las virtudes que se aprenden en una escuela católica. Igualmente, confío en que queráis compartir con otros los valores e ideas aprendidos gracias a la educación cristiana que habéis recibido.”.
P. Aldo 

sábado, 9 de octubre de 2010

Señor Ministro Riart, ¿su Ministerio es el de Educación o el de Ganadería? (Editorial del Jueves 7 de octubre)

Don Bosco confiesa a uno de sus chicos,
mientras una larga fila de ellos espera su turno
Desde hace meses estamos siguiendo paso a paso su modo de manejar el Ministerio, el más importante junto con el de “Salud Pública y Bienestar Social” y las conclusiones que sacamos se resumen en la pregunta del título de este artículo.
Creemos que Usted arriesga pasar a la historia como el peor Ministro de Educación, reforzando aún más el apodo que le dicen a sus ancestros: “Chacovendeha”. Sin embargo, hay una diferencia: en aquel entonces se trataba de tierra entregada a los bolivianos mientras hoy se trata de la venta del derecho educativo que pertenece sólo a los padres, al poder económico de aquellas ONG que llevan adelante una política demográfica impuesta desde la ONU y que, bajo la diabólica mentira de la defensa de los derechos humanos, tiene como único fin la destrucción de la persona y de la familia y, en última instancia, de la sociedad misma.
Ya desde El Cairo la rabia feminista y la cultura hedonista dominante están llevando adelante, aprovechando los miles de millones de dólares que tiene en su bolsillo la política e “ideología de género”, con todos sus consecuencias de perversión, abusos y atentados contra los fundamentos de la sociedad, cuales son la persona y la familia, el único sujeto que permite la existencia de la sociedad civil. Sin embargo, si esta cultura de la muerte del hombre de hecho es la dominante, lo que nos sorprende y causa dolor es que en el Paraguay quien lleva a la práctica esos principios irracionales e inhumanos es el gobierno, encabezado por un ex-obispo, y un Ministro de “educación” que ha sido formado o deformado (depende de lo que entendamos por educación) en un colegio católico y que además ha sido profesor en la Universidad Católica de Asunción.
Me cruza por la mente la frase de Julio César, el gran emperador romano, quien dijo a su hijo Bruto que formaba parte del complot que le causo la muerte: “¿Tu quoque, Brute, fili mi?”. Me imagino que esto también lo estará gritando a voz en cuello Don Bosco, desde el Paraíso, al ver la actuación de alguien que, quizá, se precia de ser ex-alumno salesiano. ¡Pobre Don Bosco, el genio de la educación humana! No obstante, siempre hay un Judas o una manzana podrida en la canasta.
Una vez más se pone de presente que el peligro para la humanidad y la civilización no viene del mundo ateo, laico o de los musulmanes, sino de los cristianos mismos. Un ejemplo claro es Usted, señor Ministro que, con su propuesta “pedagógica” en materia de educación sexual destruye completamente los principios esenciales de la educación, de la pedagogía que Don Juan Bosco puso como cimiento de sus obras y de los cuales ha nacido una muchedumbre de Karai en el mundo entero. Usted, casándose con la política “educativa” impuesta por las Naciones Unidas está poniendo la base para que cinco siglos de historia, de cultura, de educación, que han formado, madurado, dando una luz nueva, un horizonte nuevo cargado de esperanza a nuestra gente, desaparezca en la nada inhumana de su proyecto “educativo”.
Señor Ministro, unas preguntas:
1.- Usted conoce la diferencia que hay entre el concepto de persona y el de género? Y si lo conoce, siendo ex-alumno salesiano y ex-docente de la Universidad Católica ¿cómo se atreve a imponer el concepto de género para justificar cualquier clase de perversión sexual? No venga a decirnos que la ideología de género con sus fantasías, como la de “el derecho a la opción sexual”, etc. Sea razonable y respetuoso de la dignidad del ser humano.
¿Por favor ¿qué ha aprendido en tantos años vividos en instituciones educativas católicas? El artículo que se publica en este número que lo compara a Usted con el Anticristo, nos parece muy adecuado a su persona.
2.- ¿Usted conoce qué es el derecho natural? ¿Conoce que el derecho positivo para ser objetivo y humano no puede prescindir del derecho natural? Y si está al tanto de estos principios ¿cómo concebir lo que Usted y sus sostenedores llaman “derechos sexuales y reproductivos” con el derecho natural que desde la creación del hombre ha sido la brújula, la conciencia que ilumina el camino humano, un camino cargado de miserias, de abusos, de arbitrariedades, de violencia, pero HUMANO.
Antes del ocaso de la razón o del eclipse total de la misma a favor del hedonismo, antes que los genitales sustituyeran en la cultura de hoy la cabeza humana, el pan era pan y el vino era vino. Es decir, a nadie se le cruzaba por la cabeza sustituir el concepto de persona, antropológicamente perfecto, para definir al ser humano con el principio de género, como a nadie se le ocurrió la confusión de los sexos, la legalización de la opción sexual. Lo mismo vale para el matrimonio y la familia.
La heterosexualidad, desde que existe el ser humano, ha sido y será (obviamente para quien usa la razón) el principio fundamental de cualquier sana antropología. Ciertamente esta claridad de la naturaleza humana, estas leyes inscritas en la autoconciencia del “Yo”, no han impedido que los hombres, volviéndose sordos a la voz de la conciencia no hayan conocido y vivido cualquier clase de perversión. Pero una cosa es el comportamiento humano – todos somos limitados y sin la gracia de Algo más grande podemos volvernos bestias – y otra cosa es no reconocer o destruir la ontología del ser humano, los principios que hacen de un ser viviente un hombre.
3.- Usted parece muy acelerado el llevar adelante una respuesta equivocada a un problema real como es la violencia sexual, la discriminación, etc. Sin embargo, parece sordo y ciego delante del problema más grave y que en todo el mundo se llama “emergencia educativa”. Señor Ministro, ¿es prioritaria la educación sexual o la educación en sí, entendida como la capacidad de introducir a los chicos en el conocimiento de la realidad según la totalidad de los factores que la componen? ¿Le parece que a los chicos les interesa más el sexo o conocer, experimentar si la vida tiene un sentido último por el cual vale la pena vivir? ¿Es posible que aún no se haya dado cuenta que uno se quita la vida porque no conoce todos los detalles del sexo, sino porque no encuentra nadie capaz de ofrecerle un horizonte cargado de esperanza?
Parece que Usted vive en las nubes. En lugar de hablar y de estar en su oficina, baje a las calles y hable con los jóvenes y pregúnteles: ¿cuál es el sentido último de tu vida? ¿Por qué vives? ¿Cuál es el motivo de tanto alcoholismo y drogadicción? ¿Por qué la fiebre del sábado a la noche? ¿Por qué tantos suicidios, por qué tanta depresión? Creo que cabizbajo se iría hasta la tumba de Don Bosco y pediría perdón.
Señor Ministro, recientemente decía un chico: “qué me interesa la vida si nadie me ha comunicado cual es su sentido y si hay una razón última para vivir”. El famoso escritor Paul Nizan antes de suicidarse compuso su epitafio: “Tenía veinte años. No dejaré que nadie diga que es la edad más bella de la vida”. Por eso, en este contexto cultural dominado por el nihilismo, hablar de lo que Usted habla, ofrecer los programas de educación sexual con los cuales está muy preocupado, indica que ni Usted ni sus colaboradores están ubicados en la realidad, porque en juego, hoy día a nivel juvenil, no está el sexo sino el sentido mismo de la vida, la razón por la cual vale la pena vivir. ¿Le parece, si Usted tiene hijos, que los problemas que afectan sus cabezas a nivel educativo son los del sexo?
Los problemas inherentes a una sexualidad anormal o depravada, origen de tanta violencia, son consecuencia de la falta de un significado último por el cual vivir. El hombre es relación con el Misterio y sin la conciencia de lo que dice uno de los protagonistas de “Los Hermanos Karamasov” de Dostoievski: “Si Dios no existe, ¿sería yo capitán?”, en pocos años liquidaremos las generaciones futuras.
Señor Ministro, Don Bosco tenía clarísima una cosa: si los chicos no conocen que la vida es bella porque es relación con el Misterio, que la vida vale la pena ser vivida porque tiene un destino último, cualquier perversión es posible y son capaces de cualquier violencia. Don Bosco no vivió en el cuarto oscuro de un Ministerio sino en la calle, compartiendo todo, todo, con los chicos, dando la vida por ellos. Por favor acabe con la demagogia y además acuérdese que el derecho a la educación y a la creación de los programas educativos no pertenece al Estado sino a los padres. De lo contrario volveremos al estalinismo comunista, castrista, chavista. Sobre este tema volveremos pronto.
Decían los franceses: “a la guerra, como a la guerra”. En esta materia nunca lo dejaremos dormir tranquilo, porque, como decía un gran educador “que nadie nos toque el derecho a la libertad de educación. Estamos dispuestos a andar desnudos por la calle antes que el Estado se permita pretender sustituirnos en el derecho de educar a nuestros hijos”. Ni el Estado, ni las escuelas, ni nadie, puede obligar a los padres a que sus hijos reciban en las escuelas, unas enseñanzas que vayan en contra de sus convenciones morales y religiosas, pues la educación sexual de los hijos, es un derecho básico, innegociable,  irrenunciable e intransferible de los padres y debe ser impartida por ellos mismos, bajo su guía o por quien ellos, con plena libertad y conocimiento, deleguen el alcance de esa obligación.

P. Aldo 

martes, 5 de octubre de 2010

La “cultura” gay es la punta del iceberg del ocaso de la razón (Jueves 30/09/10)

Ícaro - Henri Matisse
No cabe duda que la iniciativa promovida por los laicos de los movimientos “Fedavifa” y “Queremos papá y mamá”, para el día 2 de octubre de 2010, sea loable y que todos tenemos que apoyarla participando en modo concreto con nuestra presencia física y no sólo moral. Lo que está en juego, en las próximas semanas, no es una cosa cualquiera sino la concepción misma del ser humano, de su dignidad y, por consiguiente, de la familia y la sociedad.
Me encantó el panfleto que lleva como invitación de parte de los niños y padres  un eslogan muy significativo: “Queremos papá y mamá”.
La tentativa de introducir en el país una ley favorable a la unión gay atenta, contra el principio natural que Dios mismo puso como dimensión ontológica del ser humano, que pretende que no exista otra realidad más que la del matrimonio heterosexual. Cualquier otra iniciativa es una perversión del orden natural.
No es una cuestión de fe sino de razón, porque es la razón, entendida como la capacidad de mirar la realidad según la totalidad de los factores que la componen, que exige respetar lo que a nuestros ojos es una evidencia que se impone y no necesita demostración filosófica: los cuerpos masculino y femenino están hechos en modo perfecto como un encastre, es decir, uno para el otro, uno que encaja en el otro.
Diríamos que la anatomía misma lo demuestra, además de las diferencias y complementos psicológicos que definen al ser humano como masculino o femenino. Todo lo que niega esta evidencia no sólo es irracional sino una grave desviación de la naturaleza humana, manoseada por una lógica perversa cuyos principios son el libertinaje y el hedonismo salvaje.
Si es aprobada una ley que favorezca la perversión de las uniones gay, dentro de unos años llegaremos a legalizar hasta las uniones de seres humanos con las bestias.
El hedonismo no tiene frenos. “Abisus abisum invocat” decían los latinos. Es decir, se comienza con una grieta en la represa que contiene la belleza del ser humano y con el tiempo esta grieta se vuelve un agujero espantoso hasta que la represa misma cae permitiendo al enorme volumen de agua arrastrar detrás de sí cualquier signo de vida y dejando un desierto cargado de muerte.
Por eso, delante de la necedad de aquellas organizaciones a las cuales no les importa nada del ser humano y practican una política que tiene su raíz en una concepción de la persona humana similar a la de cualquier animal, también si es de una especie superior, es necesario testimoniar que aún el mundo no es un zoológico, que aún existen seres humanos para quienes los genitales no ocupan el lugar de la razón, que están dispuestos a impedir con el martirio, si es necesario- que la perversión se vuelva ley, destruyendo, ignorando la cultura bella, clara, firme, de nuestro pueblo y por la cual el hombre, varón y mujer, no pueden ser sustituidos con el concepto de género y que el matrimonio monogámico y heterosexual es intocable y que nadie se permita ponerlo en discusión.
Sin embargo, sería reductivo dejar el compromiso de los católicos en defensa de la persona humana a una manifestación de plaza, a una iniciativa parlamentaria, porque el desafío que una eventual propuesta de ley a favor de las uniones gay, nos obliga a preguntarnos: ¿Quién es Cristo para cada uno de nosotros? ¿Por qué, nosotros los cristianos, hemos permitido que se llegue a esta situación cultural en la cual domina el hedonismo y el relativismo?
Amigos, la cultura que lleva a legalizar cualquier clase de perversión es la cultura que respiramos, es la cultura que nos define también a los cristianos de hoy. Seamos sinceros y honestos con nosotros mismos ¿Acaso no es también para nosotros el placer por el placer parte de la concepción que tenemos de la vida? Pensemos cuál concepción tenemos de la familia, de la fidelidad, del hombre, de la mujer, de los relacionamientos entre varón y mujer, de la educación, etc.
La “cultura” de la perversión o gay es la punta del iceberg que revela la crisis del cristianismo y el ocaso de la razón. Ya muchas veces hemos repetido el juicio de Charles Péguy “somos los primeros después de Cristo sin Cristo”. Vuelvo a reproponer lo que afirmaba un conocido estudioso de Nietzsche, comentando cuanto el filósofo alemán quería decir hablando de la muerte de Dios: 
“Nietzsche nos advertía que la muerte de Dios es perfectamente compatible con una religión burguesa. Él no pensó nunca que la religión tuviera que acabar. Cuando hablaba de la muerte de la religión, hablaba del fin de su capacidad de mover la mente, de despertar el Yo. No se trata de una religión como práctica, sino de su capacidad de despertar la esperanza. La religión se volvió un producto de consumo, una forma de entretenimiento, un consuelo  para los débiles, una estación de servicio emotivo destinada a apagar algunas necesidades irracionales que la religión está en condiciones de satisfacer mejor que cualquier otra cosa. Aunque suene unilateral el diagnóstico, Nietzsche daba en el clavo”.
Creo que nadie puede objetar y decir que este juicio es falso. Pensemos, por ejemplo, en la Iglesia de nuestro país y en nuestros pastores, qué clase de “testimonio” han ofrecido al mundo en estos últimos años. ¿Dónde está nuestra capacidad de anunciar el Acontecimiento cristiano? ¿En qué consiste nuestra pastoral? ¿Cuáles son nuestras preocupaciones a nivel de evangelización? ¿Nosotros, pastores y laicos, vibramos de un amor total, apasionado, por Cristo?
Dolorosamente, sin generalizar, debemos reconocer que hemos reducido la Iglesia, el cristianismo, a cuanto expresa el estudioso de Nietzsche. Sin embargo, dentro de este relativismo y conformismo tuviera dominante se impone la figura del Santo Padre quien hasta en su visita a Inglaterra  donde todos hablaban de un fracaso mientras que se  reveló un suceso evangélico, humano, único e inimaginable  reclamó de nosotros cristianos la urgencia de la santidad, de la conversión, de volver a Cristo para amarlo con la misma pasión del Beato cardenal Newman, de los primeros cristianos y de toda aquella muchedumbre de santos que llenan Iglesia.
El mundo de hoy no es muy diferente de aquel mundo que encontró Pedro y Pablo llegando a Roma, ni de aquel mundo que conoció San Benito después de la destrucción del Imperio Romano, ni de aquel mundo que encontraron los jesuitas llegando al Paraguay. Si hay una diferencia  ciertamente abismal  entre aquellos mundos y el nuestro, está en el hecho que nosotros somos “los primeros sin Cristo después de Cristo” mientras que aquellos mundos no conocían a Cristo. No cabe duda que de ésta diferencia nace la necesidad de una decisión, hoy día aún más radical, por Cristo.
Cuando Pedro y Pablo llegaron a Roma ¿qué encontraron? Un pueblo para el cual quien no era ciudadano romano era “una cosa que caminaba y hablaba”, es decir, un objeto sin dignidad y derechos, pasible de ser víctima de cualquier perversión. El hedonismo, la inmoralidad, era la cultura dominante, la cual llevó el Imperio a su ocaso. ¿Qué hicieron Pedro y Pablo y los primeros cristianos? ¿Salieron a la plaza, a la calle con panfletos  gritando eslóganes? Tuvieron que vivir por casi trescientos años en las catacumbas y cuando en el 313, con el edicto de Constantino, ganaron la libertad de culto, la única preocupación que los animó fue la de “anunciar a Cristo y Cristo crucificado”, como ya había dicho San Pablo después de su fracaso en el areópago de Atenas, en el cual intentó convencer con razonamientos muy sutiles a los congresistas allí reunidos para escuchar la doctrina que predicaba.
Dirá Charles Péguy, muchos siglos después: “También en el tiempo de los romanos había corrupción y ¡qué corrupción!, sin embargo, Cristo no perdió su tiempo en gemir, en poner pasacalles, etc., simplemente cortó la cuestión y creó el cristianismo”.
San Benito era un joven de Nursia, testigo de las cenizas en que se había convertido el Imperio más grande de la historia gracias a las invasiones de los bárbaros que destruyeron toda una civilización milenaria. ¿Qué hizo San Benito? ¿Se puso a llorar sobre la leche derramada? No. Hizo el cristianismo. Comenzó con un grupito de amigos en Subiaco y después en Montecasino. Y aquel grupito en el tiempo se volvió un grupo grande del cual salió la bella e imponente figura del Papa San Gregorio Magno, quien reformó la Iglesia y envió a otro benedictino a Inglaterra, San Agustín de Canterbury, el cual evangelizó ese país, creando monasterios. Y de estos monasterios salió San Bonifacio quien después se fue a Alemania a evangelizar la raza de los “Teutones”… De esta manera nació la gran Europa Medioeval. El cristianismo se difundió por envidia.
Mil años más tarde pasó lo mismo en nuestro continente. Un continente habitado por los Mayas, Incas, Aztecas, poblaciones de una corrupción y violencia únicas. Bastaría ver la película “Apocalipto” de Mel Gibson para hacerse una pálida idea de la brutalidad y perversión en que vivían aquellos. También los Guaraníes, dentro de la diferencia abismal con sus pares andinos, porque culturalmente eran mucho más profundos y agudos, vivían una situación primitiva en la cual el canibalismo, la poligamia, la concepción de la mujer, etc., no era diferente a la de los  demás pueblos que habitaban la tierra que aún no había conocido a Cristo.
¿Qué hicieron los jesuitas, franciscanos y demás órdenes que llegaron? ¿se pusieron a gritar en contra, organizaron manifestaciones? Simplemente anunciaron a Cristo con la pasión y el entusiasmo que sólo un enamorado puede comprender. Qué bello lo escrito por Ruiz de Montoya en su diario “la conquista espiritual del Paraguay”: “por dos años no hablamos de moral sexual y matrimonial a los Indios, porque no queríamos quemar aquellas tiernas plantitas que recién estaban abriéndose a la fe con una moral incomprensible. Por dos años nos preocupamos de anunciar lo bello del cristianismo… y encontrando a Cristo, ellos mismos pidieron el matrimonio monogámico.”
Ayer como hoy, y en particular en este momento en el cual “somos los primeros después de Cristo sin Cristo”, la urgencia es sólo una: mostrar con la vida la belleza, la fascinación del Acontecimiento cristiano. Como cristianos somos una absoluta minoría, sin embargo, todos los hombres tenemos el mismo corazón que es como un globito inflado. Podemos hacer todo lo posible para que se quede bajo el agua, pero nunca lo lograremos  porque en cualquier momento saldrá a la superficie del agua.
El corazón del hombre es como el agua. Inútilmente trataremos de detenerla construyendo diques y represas… ella siempre encontrará una modalidad para llegar al océano. Es decir, es el corazón el que busca a Cristo, tiene hambre y sed de Cristo. El problema es que faltan cristianos enamorados de Cristo y testigos de su resurrección. El único compromiso que nos pide el mundo “gay” o no “gay” es ser  lo que somos por gracia, porque también el “gay” tiene un corazón y uno no puede engañarlo dándole a comer excrementos.
 
P. Aldo

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La conversión: reconocer que un amor infinito tuvo piedad de mi nada (Editorial Jueves 23 de septiembre)

En el último editorial hemos subrayado dos aspectos fundamentales los cuales el cristianismo no puede ignorar si quiere no perderse a sí mismo y ser útil al mundo, ofreciendo una vida cargada de esperanza y de certeza.
En primer lugar, hemos visto el contexto cultural en el cual estamos llamados a vivir la fe, un contexto resumido en manera muy clara en las palabras del escritor y poeta francés Charles Peguy: “un mundo sin Cristo después de Cristo”. La provocación del mismo filósofo de la muerte de Dios, Nietzsche, según el comentario de uno de los expertos máximos en el conocimiento de este gran filoso alemán, ha sido un desafío único para todos, cristianos o no, y por eso vale la pena reproponerlo porque, tercos como somos, arriesgamos seguir viviendo en las nubes:
Nietzsche nos advertía que la muerte de Dios es perfectamente compatible con una religión burguesa. Él no pensó nunca que la religión tuviera que acabar. Cuando hablaba de la muerte de la religión, hablaba del fin de su capacidad de mover la mente, de despertar el Yo. No se trata de una religión como práctica, sino de su capacidad de despertar la esperanza. La religión se volvió un producto de consumo, una forma de entretenimiento, un consuelo  para los débiles, una estación de servicio emotivo destinada a apagar algunas necesidades irracionales que la religión está en condiciones de satisfacer mejor que cualquier otra cosa. Aunque suene unilateral el diagnóstico, Nietzsche daba en el clavo”.
En segundo lugar, dentro de este contexto cultural descristianizado hemos subrayado, en particular con los escándalos vividos dentro de la misma Iglesia este año con la cuestión de la pedofilia, la urgencia de tomar en serio el reclamo del Santo Padre a la conversión. Benedicto XVI no perdió tiempo en análisis o simplemente en denunciar o en darle una solución al problema apretando la disciplina eclesiástica, sino que hizo un llamado a todos los cristianos a la conversión.
El Santo Padre, tanto en sus intervenciones a los sacerdotes al finalizar el Año Sacerdotal como a los miles de peregrinos reunidos con él en Fátima, hablóo claramente de que la causa de estos males es el pecado, una palabra tristemente desconocida incluso en muchos sectores de la Iglesia. Sin un compromiso con el reclamo del Santo Padre, el cual es el mismo de Jesús al comienzo de su vida pública “convertíos, (metanoeite)”, no existe salida de esta situación de pecado, origen de todos los escándalos, de todo el mal que vive dentro de nosotros y a nuestro alrededor.
El del Papa es un reclamo a la conversión personal que se vuelve también conversión social, porque si el Yo de un hombre vive de Cristo es inevitable que todos los que rodean a este hombre se contagien por la belleza humana del mismo.
Pero, ¿qué significa conversión? La respuesta parece simple y fácil, sin embargo existe una confusión que la reduce o a moralismo o a espiritualismo. Y además para el pensamiento dominante de los cristianos el compromiso a la conversión está reducido o a un automatismo que no ve implicada la propia responsabilidad o a un esfuerzo moral como si la conversión dependiera solamente del hombre.
1.- El punto de partida de una autentica conversión es el reconocimiento gozoso de nuestros pecados, del mal que está dentro de nosotros y que coincide con la distracción, con el olvido de la naturaleza de nuestro corazón, que es la relación con el Misterio. El pecado consiste en al eliminación de la realidad como signo, en la división entre realidad y Misterio, razón por la cual la vida anda por su cuenta y a Dios lo dejamos descansar allá arriba.
 Si Dios existe, nada tiene que ver con la vida”, solía afirmar el filosofo Cornelio Fabro. Es la división entre la fe y la vida, lo sagrado y lo profano. Mientras la fe, si es fe, coincide con la vida y lo profano no existe porque todo es sagrado en cuanto que todo es relación con el Misterio. En nuestra experiencia cotidiana es bien visible la separación entre la fe y la vida, lo sagrado y lo profano.
Padre, una cosa es mi postura en política, en lo económico, otra es con la fe”. “Padre, los asuntos profanos deben ser tratados como profanos; los asuntos religiosos como religiosos”. Es una esquizofrenia dominante en el mundo católico. De aquí la confusión hasta en la concepción de la propia vocación y responsabilidad de muchos pastores quienes han abandonado la propia misión para dedicarse al compromiso político, y con la ilusión de realizar el ideal de justicia han creado más confusión e injusticia.
 2.- El impedimento a este reconocimiento gozoso de nuestros pecados es el escándalo que vivimos mirando el mal que alberga nuestro corazón. En lugar de vivir con el ánimo conmovido por el sentimiento y sentido de la vida, porque todo lo que acontece, también el pecado, es un reclamo al misterio y del Misterio. Por eso, no viviendo esta conmoción es como si fuéramos determinados, bloqueados por el pecado.
La gran irracionalidad en nuestra vida es la de vivir escandalizados por los límites, por los pecados. Es como si viviéramos olvidando que somos ontológicamente nada, unos pobrecitos, necesitados de la gracia, de alguien que se acuerde de nosotros, apiadándose. La conversión comienza a volverse experiencia cuando en lugar de escandalizarnos de nuestros pecados, miramos en ellos y en el dolor el camino normal para descubrir la verdad, el camino más directo a Cristo. Parece una contradicción. Sin embargo, es la verdad: lo que para nosotros es un escándalo, para Dios es el instrumento pedagógico a la verdad, al encuentro con Cristo.
Delante del mal que está dentro de cada uno y que nos rodea delante de tantos escándalos ¿cuál ha sido la estrategia propuesta por el Papa?  La conversión
3.- ¿Qué es la conversión, a la cual el Papa sigue reclamándonos? Reconocer la verdad y la verdad ha sido bien sintetizada por las palabras del profeta Jeremías: “Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia teniendo piedad de tu nada”. No existe nada más original que este amor. Es la verdad primera a la cual mirar, amaneciendo, trabajando, en cada momento del día. Si no es así, vivimos defendiéndonos del compromiso al cual estamos llamados y que es  la conversión.
Escribía monseñor Luigi Giussani, fundador del Movimiento Comunión y Liberación, cuando siendo un joven sacerdote y se encontraba enfermo, a un amigo suyo, también sacerdote, y que le pedía ayuda: “Esta noche estoy demasiado cansado y no logro responder en modo preciso a tu estado de ánimo, sin embargo yo percibo solamente que la substancia de la vida está en el amor, un amor infinito, enorme que se ha inclinado hacia mi nada, haciendo de esta nada un ser humano, un polvo finito que es la inteligencia y el corazón… volviéndolo infinito como Él” (Carta del 12 de diciembre de 1946)
Cualquiera sea el estado de ánimo o la situación que vivimos, nada puede parar este amor infinito, enorme que se ha inclinado sobre mi nada. La conversión es reconocer y permitir que este Amor eterno entre en mi vida. Polvo soy, sin embargo el Misterio se ha inclinado sobre mi nada.
No existe diversidad y distancia más grande que la existente entre la nada y el ser. No obstante, esta distancia ha sido eliminada por Cristo, por el amor de Cristo que abraza también mi traición, que no deja afuera nada  de mi humanidad. Nuestra traición es la distracción. ¿Cuántas veces en un día pensamos en Jesús? ¿Cuándo ha sido la última vez que hemos pensado en Él, lo hemos mirado a la cara?
Pensemos en lo que le pasó a Zaqueo, a la adúltera, a la samaritana, a Mateo. Con certeza aquella mirada que cambio su vida se volvió, por el resto de su vida, el punto decisivo, definitivo con el cual comparar todo, desde su modo de trabajar, relacionarse con la realidad.  La gran verdad de la vida es que este hombre llamado Jesús se ha inclinado sobre la nada, mi nada, sobre nuestra traición. La conversión coincide con esta conmoción. Por eso es necesario una iniciativa personal porque el poder quiere adormecernos, anestesiarnos, impedirnos vivir con la conmoción de esta verdad.
No es automático quedarnos con la mirada de Zaqueo, de la adúltera, de la samaritana, de Mateo. Es necesario un movimiento personal, una responsabilidad que permita nuestro SI a este Acontecimiento presente de amor que se ha inclinado sobre mí no sea censurado u olvidado por una distracción, porque todo alrededor conspira para que el olvido se adueñe de mí, de nosotros.
La conversión está en responder a la preferencia que el Misterio vive con nosotros. Tomar una iniciativa personal significa reconocer esta preferencia cada momento.
P. Aldo


miércoles, 22 de septiembre de 2010

Somos los primeros después de Cristo sin Cristo (Editorial Jueves 16 de septiembre)

La situación tanto eclesial como social y política de nuestro país, aún para el 80% de la población formalmente católica, implica la toma de conciencia de dos hechos:
1.- El contexto cultural en el cual vivimos, no sólo a nivel local sino en todo el hemisferio occidental, y en el cual estamos llamados a vivir la fe, está profundamente descristianizado. Diría el poeta francés Charles Peguy: “un mundo sin Jesús después de Jesús”.
Unos años atrás, un comentarista del filosofo alemán Federico Nietzsche, nos decía: “Nietzsche nos advertía que la muerte de Dios es perfectamente compatible con una religión burguesa. Él no pensó nunca que la religión tuviera que acabar. Cuando hablaba de la muerte de la religión, hablaba del fin de su capacidad de mover la mente, de despertar el Yo. No se trata de una religión como práctica, sino de su capacidad de despertar la esperanza. La religión se volvió un producto de consumo, una forma de entretenimiento, un consuelo  para los débiles, una estación de servicio emotivo destinada a apagar algunas necesidades irracionales que la religión está en condiciones de satisfacer mejor que cualquier otra cosa. Aunque suene unilateral el diagnóstico, de hecho, daba en el clavo”. Y, realmente, no podemos negar la verdad de este juicio, también aplicado a la situación actual de nuestra Iglesia, del modo de proponer la fe y de la concepción que tenemos de la misma.
Una fe, un cristianismo, cada vez más vacío de su contenido, reducido a ética, a espiritualismo o a compromiso social, a una opción en sentido único para los pobres, olvidando que en realidad son los pobres, los humildes, quienes en nuestro país no sólo tienen sed y hambre de Cristo, sino que han sido ellos (a lo largo de estos dos últimos siglos, después de la expulsión de los jesuitas) quienes han custodiado la herencia de la fe cristiana, aunque reducida a una religiosidad en la cual dominan las formas devocionales más que la esencia del Acontecimiento Cristiano.
Tristemente lo que es un Acontecimiento pasó a ser como un recuerdo: “Había una vez… pero ahora ya se acabó” y su incapacidad de incidir en las personas y en la sociedad es una evidencia. De aquí nace la ilusión de cierta teología liberacionista que, alcanzando finalmente el poder político, sería capaz de lograr aquel cambio social que Jesús y su Iglesia no pudieron en 500 años de historia.
Dolorosamente ahora que Cristo no es más una Presencia, que el cristianismo se ha transformado en una ideología ¿qué nos queda aparte de la decepción y la desesperación? ¿Quién nos devolverá la esperanza? ¿Quién responderá a los grandes interrogantes de la vida que mi pequeña hija, con tan sólo 10 años, me resumía de esta manera: ‘Papá sos el mejor del mundo, yo sé cuánto me amas, sin embargo es como si siempre me faltara algo y no sé que es… ya sé que me querés, pero ¿por qué tengo dentro de mí este vacío grande?’” me comentaba la semana pasada un papá, cristiano-ité.
El artículo de Andrés Colman, publicado en Última Hora el domingo 5 de septiembre, en el cual se denunciaba la condición juvenil en nuestro país ha sido una bofetada ante todo para nosotros los pastores, incapaces de ofrecer una respuesta adecuada al vacío existencial que se observa en los diferentes comportamientos de nuestros hijos. Un vacío existencial que ciertamente no serán los valores, por más altos y bellos sean, los que lo llenen sino una Presencia, un gran Amor, el encuentro con Cristo mediante el encuentro con hombres en los cuales sean evidentes los rasgos inconfundibles de Cristo.
El corazón del hombre se mueve cuando se con-mueve y se con-mueve sólo cuando encuentra una Presencia humanamente cargada de fascinación, es decir, una compañía humana en la cual brilla la humanidad de Cristo, “Camino, Verdad y Vida”.
Los valores son como los fuegos de artificio: hermosos, espectaculares, pero no mueven, no dan consistencia a la vida...y después de un efímero entusiasmo, delante de la incapacidad que cada uno experimenta en el vivirlos, no obstante todo el esfuerzo, nos dejamos arrastrar por el poder mundano con la consiguiente decepción o desesperación. “Padre el cristianismo es bello, interesante, sin embargo no es para mí. No logro vivir lo que me propone y además lo que el mundo me ofrece es mucho más interesante”, me decía recientemente un joven estudiante de la Universidad Católica.
Esta decepción que vemos en los jóvenes no es menos dramática de la que vemos en todos los niveles de la sociedad donde la ilusión de una teología de la liberación está mostrando todas sus grietas, su incapacidad en alcanzar la tierra prometida que tanto entusiasmo había suscitado en el pueblo. Nadie pone en duda algunos alcances logrados, pero no será ninguna ideología, ninguna utopía, ningún esfuerzo humano, por más noble que sea, lo que podrá responder a aquella hambre y sed que se esconde detrás de cualquier problema humano y social. No olvidemos (los guaraníes nos lo recuerdan a lo largo de su historia) que el hombre busca el Infinito.
2- Esta situación en la cual vivimos exige una conversión, como dice Benedicto XVI, conversión que tiene en los obispos, sacerdotes y religiosos a los primeros protagonistas, porque una jerarquía santa, unos religiosos santos, inevitablemente origina un pueblo de santos. De lo contrario un conjunto de funcionarios deja que el rebaño, como afirma el profeta, sea comido por los lobos.
El Santo Padre, el 16 de mayo pasado, decía que el verdadero enemigo al cual temer y combatir es el pecado, el mal espiritual que a veces contagia los miembros. Un ejemplo: la pedofilia. ¡Qué dolor en la Iglesia, en nosotros, en el Papa! Es un llamado urgente a la conversión, justo en el año sacerdotal, una llamada especial a los pastores ante todo. Debemos aceptar, reconocer que las pruebas que el Señor permite tanto a nivel personal como social son para que nos lleven a la conversión del corazón, como dijo el Papa en Fátima.
Hay una profunda relación entre el contexto cultural (primer punto) y el llamado del Papa. Nos encontramos en un “mundo después de Jesús sin Jesús”, esto significa que si no acogemos la llamada a la conversión seremos responsables de “un mundo sin Cristo después de Cristo”. Y esto vale mucho más para los pastores y religiosos que somos los primeros responsables de la lenta descristianización de nuestro continente y del mundo.
Pensando en esta responsabilidad que tenemos me cruzan por la mente las palabras de Mons. Giussani a un grupo de consagrados: “Entre ustedes (pero vale también para los sacerdotes y laicos comprometidos) no existe nadie que niegue a Dios, sino que hay gente atontada, adormecida, o superficial, que no tiene el ánimo movido por el permanente sentido de la vida y por el reconocimiento que todas las cosas que acontecen son como una invitación a la relación con el Misterio”. No hay alguien que quede fuera de este influjo del contexto cultural que nos lleva fuera de nosotros mismos. Es como si todos viviéramos anestesiados.
No ponemos en juego la existencia o no de Dios. No sólo esto, sino que noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de las personas reconocen Su existencia. Sin embargo poco o nada tiene que ver con la vida que sigue otros parámetros. “Si Dios existe – diría el filósofo Cornelio Fabro – nada tiene que ver con la vida”. Seamos sinceros ¿qué vibración, qué entusiasmo, qué pasión encontramos en nuestra Iglesia por la gloria humana de Cristo?
A una persona enamorada la reconocemos en seguida porque está despierta, vibra, se mueve, sus ojos brillan y todos reconocen que en ella aconteció algo grande ¿Nuestra Iglesia, cada uno de nosotros que la componemos, somos testigos de este amor, de esta pasión, de esta gran vibración que genera el encuentro con Cristo? No podemos dejar de reconocer la urgencia de la conversión.
El inicio de la salvación es que sintamos el contragolpe en la conciencia, de nuestra pobreza, de nuestra tibieza. Y el primer signo de un camino de conversión es el no escandalizarnos de esta miseria, dejar de lado las ilusiones para reconocer que somos nada. El pecado y el dolor son el camino normal para llegar a esta verdad, son el camino más directo a Cristo. El problema es que nuestra libertad reconozca esta urgencia, reconozca que la causa de tanto mal en el mundo es nuestro pecado, es el olvido de Cristo, nuestra incapacidad de reconocer la contingencia de las cosas. Dios permite el pecado, el dolor, como un instrumento pedagógico para ser reconocido por el hombre que en su ceguera se deja llevar por el orgullo de su autonomía, olvidándose de ser polvo.
Todo lo que ha sucedido en estos meses en la Iglesia, tanto en la Universal como en la Particular, ha sido un instrumento educativo, mediante el cual Dios quiso y quiere hablarnos de la  urgencia de la conversión.
En qué consiste esta conversión será el tema del próximo editorial.
P. Aldo

lunes, 13 de septiembre de 2010

Un encuentro con aquellos para quienes “Cristo es ahora una Presencia familiar” (Editorial Jueves 9 de septiembre)

De izquierda a derecha:
Marcos Zerbini, Cleuza Ramos y P. Aldo Trento
Sucedió en el aeropuerto de La Malpensa (Milan). Era el 1 de septiembre de 2010. Un grupo de amigos de una ciudad cercana nos estaba esperando, deseosos de encontrar a Marcos y Cleuza Zerbini que habían participado conmigo en la cita anual del Movimiento de Comunión y Liberación (CL) en la Thuile (Val de Aosta). Un acontecimiento que reúne cada año alrededor de Julián Carrón (sucesor de Don Giussani en la guía del movimiento de CL), a los responsables de esta experiencia, de esta novedad en el vivir la fe y que provienen de más de setenta países del mundo.
Esos amigos desde hacía tiempo estaban esperando este momento, este encuentro, para escuchar de boca de Marcos y Cleuza lo que significa vivir la relación personal con Cristo en la vida cotidiana. Personas hambrientas y sedientas de sentir concretamente de los Zerbini, si hoy es posible creer, como bien dice Dostoievski, en la divinidad de Jesucristo. Habían escuchado ya muchas veces hablar de ellos, del milagro que el Espíritu Santo está obrando, no sólo en Brasil, sino en todo el continente Latinoamericano, usando sus personas y aquella amistad que el encuentro con Julián Carrón engendró a su alrededor en este último año.
Una amistad muy sencilla que ve reunidos con ellos al P. Aldo, Bracco (responsable en Brasil de CL), Julián de la Morena (responsable de CL en Latinoamérica), y unas personas más, como el Profesor Doctor Alexandre, el médico que Dios usó para encontrar a estos líderes del movimiento de los “Sin Tierra”, la asociación más grande del Brasil que reúne a miles de personas que no tienen ni siquiera un metro cuadrado de tierra para construir una piecita donde dormir.
Finalmente esos amigos pudieron encontrar a Marcos y Cleuza cara a cara, aprovechando del tiempo que nos separaba del nuevo embarque. Rumbo a Sao Paulo. Nos encontrábamos en la Sala Respighi del aeropuerto. Las caras de los amigos estaban visiblemente conmovidas, como eran las caras de los apóstoles cuando vivían con Jesús y lo escuchaban hablar. La pregunta que salía de la boca de todos era muy sencilla: ¿qué significa para ustedes ser cristianos vivir y testimoniar la fe en Cristo Jesús?
Cleuza y Marcos por casi una hora llenaron la sala de espera del aeropuerto con el testimonio, con la pasión que vibran sus corazones, desde cuando, hace unos años, escucharon a Carrón afirmar – precisamente en La Thuile – las palabras de Jesús: “hasta el pelo de vuestra cabeza está contado”. Aquel momento fue para los Zerbini lo que para Juan y Andrés había sido el encuentro con Cristo hace dos mil años.
“Ya acabada aquella asamblea, recuerda Cleuza, dije a Marcos: podemos irnos ahora, podemos volver al Brasil. Finalmente hemos encontrado la respuesta al drama de 30 años de lucha, de sufrimientos a la cabeza del movimiento “Sin Tierra”. Habíamos llegado a La Thuile cansados de tanto trabajo, de tantas luchas, de tantos fracasos.
Habíamos estado luchando siempre tanto por los demás, enfrentando cualquier dificultad y arriesgando la vida, que llegó el momento en que no aguantábamos más. Ya no entendíamos que utilidad tenía para ambos seguir luchando. Estábamos pasando una profunda crisis.
Sin embargo, cuando Carrón nos recordó que hasta el pelo de nuestra cabeza es contado, entró potentemente en nuestra vida una luz que en un instante cambió nuestra mirada. Ha sido como para Zaqueo, para la samaritana, para la adúltera, para Mateo… y para San Francisco, del cual estamos profundamente enamorados.
Finalmente habíamos percibido que el cristianismo no era luchar por Cristo. No era una impresión de la cual partir para la lucha por los pobres, sino un Hecho, un hombre que nos hablaba, una Presencia que conocía hasta el número de cabellos de nuestra cabeza. Finalmente el centro de la batalla se trasladaba de la lucha por los demás a la relación personal con Cristo. La perspectiva de la vida cambió radicalmente. No eran ya los demás el punto de partida de nuestro trabajo sino el propio Yo con todas sus exigencias de belleza, de amor, de justicia, de verdad…
Un cambio de 180º. Imagínense que significa finalmente mirarse al espejo con ironía, con cariño y ya no más como antes, cargados de preocupación desde el primer momento del día. De verdad, otra vida comenzaba para nosotros. Y no sólo para nosotros sino para todos los miles de personas de nuestra asociación, que quedaron sorprendidos al vernos, una vez que regresamos a Brasil, con una cara brillante de luz, la luz de la esperanza.
Grande fue la alegría cuando en un día lleno de lluvia, en febrero del 2008, nos entregamos nosotros mismos y todo el movimiento a Carrón, porque lo único que deseábamos era y es que el carisma de Don Giussani se volviera la experiencia humana, no sólo de nosotros sino de las más de cien mil personas que nos siguen. La conmoción de aquel lluvioso día de febrero fue tanta, que ni el diluvio de agua que caía sobre nuestros cuerpos, impidió gozar de aquella belleza, de aquella novedad destinada a cambiar la vida de todos.
Pasaron ya dos años desde aquel acontecimiento y día tras día se hace más evidente el cambio, el entusiasmo de todos. Cristo es ahora una Presencia familiar y no más aquella utopía que tanta ilusión y decepción nos había regalado. La esperanza de un cambio ahora se había vuelto un cambio concreto, aquel cambio que se llama Cristo, esta novedad que entrando en la vida le da un nuevo horizonte y una nueva decisión que permite vivir con la certeza que todo tiene un destino bueno y que todo es por el movimiento del “Yo”.”
“¡Qué bello, qué cosa tan grande, qué conmoción!”, afirmaba Gabriela, una joven madre de cinco hijos, quien vive cerca de Varese. Sus ojos estaban húmedos por la conmoción al escuchar el milagro acontecido en la vida de este matrimonio. “Nos hemos enterado que Marcos se ha vuelto a postular como diputado por el Estado de Sao Paulo en las próximas elecciones generales del Brasil, que serán el 3 de octubre. También hemos escuchado que la Jefe de la campaña es Cleuza. Nos desconcierta este dinamismo y por eso quisiéramos saber qué significa para ustedes este difícil compromiso adquirido con sus amigos”, preguntó Gabriela a nombre de sus amigos de Varese.
Marcos toma la palabra y con los ojos brillantes – esta provocación le encanta – responde: “Para nosotros la política es un instrumento que nos permite anunciar a Cristo y defender los intereses humanos de la muchedumbre que nos sigue. El fin de la campaña electoral es anunciar a Cristo. ¿De qué serviría para nosotros que hemos visto por treinta años todos los fracasos de la política, de los políticos, del trabajo político, sino fuera para anunciar a Cristo? El pueblo está harto de las mentiras, de las propuestas utópicas, de las promesas incumplidas. Tiene hambre y sed de encontrar a alguien que le comunique el sentido de la vida. Cada persona que encontramos cada día y no sólo los miles y miles durante la campaña electoral, tiene el mismo corazón que nosotros, tiene el mismo deseo que nos empuja a decir “SI” a Comunión y Liberación. Por eso el anuncio de Cristo, la propuesta del carisma de Don Giussani es el corazón de la campaña electoral.
Nosotros no partimos de Cristo, no nos inspiramos en los valores evangélicos en esta batalla, sino que, como los apóstoles, proponemos el Acontecimiento cristiano porque sólo esto necesita el pueblo. Es impensable cualquier hipótesis de cambio prescindiendo de esta postura, de este Acontecimiento, de este carisma que cambio nuestra vida. No podemos dejar de proponer lo que nos devolvió el gusto de vivir a cuantos encontramos en nuestro camino.
Muchos nos preguntan que pasará si perdemos las elecciones. Una preocupación buena, sin embargo, para nosotros es otra la preocupación: no perder la fe, no reducir el carisma encontrado a un resultado. Quizás podamos perder políticamente pero nunca perderemos la experiencia cristiana que vivimos. Elecciones volverán a haber y nos volveremos a presentar si la realidad lo exige, pero la fe, la fe y el reconocimiento de Cristo es ahora, porque es ahora que la vida necesita de su Presencia, es ahora que nuestro pueblo necesita tocarlo, verlo, verificar los milagros que este reconocimiento genera.
Por este motivo nunca, dentro de los grandes compromisos políticos de estos meses, hemos descuidado a los amigos, los gestos de la comunidad, todo lo que el movimiento nos propone. Nunca tuvimos, por ejemplo, el problema: Escuela de Comunidad o un comicio electoral. No sólo esto, sino que en plena campaña electoral hemos venido a La Thuile para estar con Carrón y los amigos, porque es necesario para nosotros el renovar en cada momento la conciencia que tenemos de Cristo, mucho más que todo el resto.
La política, el ser diputado tiene sentido sólo por este motivo. En la política Marcos Zerbini es la punta del iceberg de un pueblo, de miles y miles de amigos que miran donde yo miro, que desean lo que yo deseo. Mis amigos no son políticos, no tengo un comité, una secretaría política, tengo un pueblo, tengo una cabeza de la campaña electoral, Cleuza. Tengo un montón de amigos que en las primeras semanas de la campaña han repartido gratuitamente (la gratuidad es el signo de la verdad de un compromiso) dos millones de panfletos. Panfletos humildes, hechos con papel reciclado, en los cuales sintéticamente describo el origen y la razón de mi empeño político. El lema es “Eu faço parte de una historia”. Y por eso la primera página del panfleto muestra las fotos de mis amigos paraguayos, italianos y brasileros. La gente conoce la verdad de lo que proponemos y por eso mientras unos colegas gastan millares de reales en su campaña nosotros con trescientos mil reales abarcamos todo”.
Los amigos que escuchan, está vez están conmovidos al oir un hombre de esta estatura humana que ya casi no existen en el mundo italiano y europeo donde dominan los enanos, los politiqueros, como pude constatar leyendo los diarios italianos.
Falta poco para la salida de avión para Sao Paulo y tenemos que despedirnos. Pero uno del grupo tiene una pregunta y quiere que Marcos le responda aunque sea con dos palabras: “Marcos, explícame que quieres decir que el fin y el contenido de tu campaña política es el anuncio de Cristo. ¿Significa que haces como los evangélicos, las sectas evangélicas, que van con su Biblia o folletos de casa en casa para cazar prosélitos?”.
Marcos sonríe y contesta con un ejemplo: “Si estas enamorado, profundamente enamorado de tu mujer, ¿acaso todo lo que haces, vives, tus ojos, tu rostro, tu persona, no expresa en cada detalle lo que llevas en el corazón, aunque estés las veinticuatro horas delante de una computadora? Cristo entrando en mi vida ha engendrado una nueva autoconciencia de mí y esto es inevitable para que se manifieste en todo lo que soy y hago. También es verdad, como afirma mi esposa, que no podemos pasar un día sin hablar (justamente hablar con la boca) de Cristo por lo menos a diez personas nuevas.
Y las personas que encontramos se dan cuenta que nuestro modo de decir “Cristo” no tiene nada que ver con el modo de decir de las sectas, porque para nosotros Cristo es una experiencia humana, es la vida a 360º, es la razón en toda su plenitud, es la libertad que valora todo lo que de humano existe, una libertad respetuosa de todo y de todos, preocupada por el destino, por la felicidad del otro, sea este quien sea.
Un ejemplo de lo que digo es que en la asociación el 30% son evangélicos y son los primeros en conmoverse por la propuesta humana que ofrecemos a todos. A nosotros no nos interesa el proselitismo que ni siquiera aguantamos, sino comunicar una vida, la vida nueva que hemos encontrado, esta plenitud humana que vivimos. Lo que proponemos a todos es un desafío a la libertad de cuantos encontramos, que comprendan lo que vivimos con el propio corazón y puedan verificar la verdad o no de nuestro modo de vivir. Por eso, hasta los evangélicos quedan fascinados y nos siguen”.
El dialogo acaba y en pocos minutos estamos los tres en el avión. Unos comentarios conmovidos, la cena, un “Gloria al Padre” por el amigo y sacerdote Julián Carrón… y la tentativa de dormir. Cosa nada fácil para mí después de la conmoción vivida en estos días. Marcos y Cleuza se durmieron casi enseguida mientras para mí fue necesario el clásico somnífero. En el itinerario mire a los dos dormir mano en la mano. Una vez más me cruzó por la mente lo que siempre repite Cleuza: “para mí, Marcos es el manto de Cristo, y yo lo soy para él”. Esta vez lo he visto una vez más, despierto mientras ellos dormían a mi lado.
También en este gesto humano es evidente la misma experiencia que los mueve en la campaña política. El 3 de octubre, cualquiera sea el resultado nos encontraremos para brindar porque Cristo ha resucitado y está vivo en esta gran amistad en la cual el Tú de Cristo domina soberano. El “Gloria al Padre” por Carrón recitado unos minutos antes de que el avión saliera de la pista era para agradecer a aquel hombre a través del cual tenemos la conciencia que nos acompaña, "Yo soy Tú que me haces", sigue en cada instante despierta en nosotros.

P. Aldo

viernes, 3 de septiembre de 2010

“Morir cantando, quiero morir cantando…” (Editorial Jueves 2 de septiembre)

Carlos antes de morir entonó su último canto
La muerte llega de improviso, afirma el evangelio, como un ladrón. No envía un preaviso, si bien en la absoluta mayoría de los casos son evidentes los signos de su visita. En nuestra clínica, sin embargo, tiene una presencia continúa. Solamente en uno de los últimos días murieron cinco personas y entre ellos, sólo uno tenía más de cincuenta años. Los demás tenían, entre los treinta y los cuarenta años, cuatro eran víctimas del cáncer y el otro, de sida. La muerte convive conmigo las veinticuatro horas. Sin embargo, no me asusta. Porque su presencia me remite – y es algo maravilloso – al motivo último por el cual vale la pena vivir.
La veo caminar a mi lado en todos los cuartos de la clínica, en las camas donde lentamente se van apagando mis hijos, la veo en los corredores cuando escucho el ruido ya familiar de las pequeñas ruedas de la camilla que acompaña a la morgue al recién fallecido. No existe esquina o detalle que no me recuerde lo que dice Cesare Pavese: “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
¿Existe algo más bello que una compañía, la cual a cada momento te saca de la anestesia que fácilmente se adueña de nuestra vida? ¿Habrá un motivo más humano que una compañía que despierta la razón con sus grandes interrogantes y logra que a cada instante nos carguemos de Infinito? No existe aventura más humana que convivir con quien te permite vivir tenso hacia la eternidad.
Cuando estoy al lado de un moribundo, escucho su afanoso respiro que progresivamente disminuye de intensidad hasta acabarse, cuando veo al moribundo con la boca abierta, como en la pintura “El grito” de Munch, como para finalmente, permitir salir al alma del cuerpo. Cuando miro los ojos abiertos de par en par fijarse en lo ignoto, lo incognoscible, no puedo no ensimismarme con este hijo mío que está adelantándose para prepararme un lugar en el Paraíso.
 La última batalla de la vida, la decisiva, es durísima, también porqué de su éxito depende toda la vida, depende la eternidad. Y es bello ver como la mayoría absoluta de los que mueren han perdido todas las batallas de la vida, pero ganan la última y con ella la guerra. La muerte convive, parece la reina entre nosotros, sin embargo sale derrotada porque Cristo Eucaristía, el “Pantocrátor”, domina la clínica. Él mismo, acompaña a cada uno de los que mueren al Paraíso.
Mientras la batalla arrecia y la muerte parece prevalecer, es Cristo el protagonista que delante de un mínimo de conciencia del paciente que le permita decir “SI”, se apiada, le agarra de la mano y lo lleva consigo. La evidencia de este hecho es la cara sonriente del cadáver. Es impresionante ver como la piel antes arrugada, se vuelve joven, los labios antes tensos por el dolor, se transforman en sonrisa celestial.
“Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”. Es el último artículo del Credo y el más olvidado hasta por los curas. Sin embargo ¿qué sentido tendrían los demás artículos sin el último? San Pablo nos lo recuerda en una de sus cartas: Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó, y nosotros seríamos los más necios del mundo al seguir una ilusión que no resuelve el problema de la muerte. Pero Cristo ha resucitado y nosotros también con Él. Por eso a lo largo de los siglos, la Iglesia siempre nos ha educado a una familiaridad con la muerte, aquella familiaridad que le permitió decir a San Francisco: “alabado sea mi Señor por nuestra hermana muerte corporal”. La experiencia de Francisco pasa a diario en la clínica. En seis años fallecieron más de setecientos personas, la mayoría de ellas jóvenes, después de un largo calvario.
Carlos, con un estilo de vida bohemio, de origen argentino, pasó su vida vagabundeando por todos lados, cantando, farreando, lejos de Dios. Y como a todos los que piensan que la vida es una farra, durante la cual se colecciona mujeres, se toma, se hace cualquier cosa, cuando les llega una enfermedad, la única compañía que queda es la soledad. Y así le tocó a Carlos que, traído a nuestra clínica por unas personas piadosas, se encontró solo delante de la muerte. Pero estando en nuestra compañía, es decir, la compañía de Cristo, conoció el cristianismo, lo encontró a Él.
El día, después de décadas de alejamiento de los sacramentos, en que pidió la confesión fue una fiesta para él y para todos. La muerte perdió su cara fea y se volvió deseable, como para un novio el momento en el cual después de muchas luchas, puede finalmente coronar su sueño de amor. Desde aquel día retomó la guitarra y, aunque carcomido por el cáncer, continuó tocando y cantando en la clínica hasta el último día, volviéndose la alegría de todos. Unos días antes de morir compuso una canción maravillosa, a través de la cual expresó toda su pasión por Cristo y la espera gozosa de encontrarlo. Música y palabras son suyas.
El título de su último canto describe la modalidad con la cual se preparó a morir y murió: “Morir cantando”

“Me envolvió la obscuridad, con su obscuro manto,
tuve una sensación de miedo que hizo temblar mis pasos
trate de alejarme y huir de sus manos,
pero una luz potente me arrebató en llanto.

Me salió al encuentro e iluminó mis años
volví a decir: Cristo, al de los ojos mansos,
sentí un amor distinto, al que abracé llorando,
después de la noche, sé que existe algo.

Morir cantando, quiero morir cantando,
Para encontrar a Cristo
quiero morir cantando.

Aquella obscuridad que yo temía tanto
Era una luz viva, era Dios cercano,
un encuentro amigo que me está donando
felicidad eterna, alegría y canto.

Ya estoy en la luz y, con Cristo, a salvo
Mi futuro, un presente que me está pasando.
No huyan de la muerte, no teman sus clavos
Teman perderse sólo sin Cristo, hermanos

Morir cantando, quiero morir cantando,
Para encontrar a Cristo
quiero morir cantando

Recuerdo el momento, unos días antes que muriera, cuando con un esfuerzo grande, poniendo todas sus energías quiso despedirse, regalándonos este canto que testimonia el cambio de su vida. Un cambio acontecido gracias al encuentro con Cristo, aquel Cristo que se había quedado en el fondo de su memoria, como un tesoro que esperaba que lo reconociera. Toda la clínica vibró de conmoción porque era evidente la victoria de Cristo.
Aquella misma conmoción que vivimos hace unos días cuando María, una mujer brasilera, sola, de origen Véneto, que antes de morir pronunciando el dulce nombre de Jesús, pidió un helado. “Deseo saborear un helado antes de morir”, nos dijo. Y mientras la enfermera se fue a comprarlo le pedí: “María dentro de unos momentos entrarás en el Paraíso. Te ruego de saludarme a Jesús, José y María y la Santísima Trinidad”. Y ella “Si, padre”. Una cosa del otro mundo, pero en este, que uno pueda despedirse de esta forma, cuando en la cotidianidad, hasta la palabra “muerte” está censurada. Llegó la enfermera, logró saborear un pedacito de helado, sus ojos ya listos para apagarse se iluminaron y pronunciando el dulce nombre de Jesús, se fue al cielo.
Su vida había sido una aventura dolorosa, como lo es la vida de todos quienes mueren en la clínica, pero el final ha sido glorioso. ¿Qué hay más bello que morir saboreando un helado y diciendo “¡Tú, oh Cristo Mío!”. Si, “¡Tú, oh Cristo!”, porque cuando uno llega aquí, no conoce normalmente a Jesús. Sin embargo, con el tiempo, gracias a la ternura del personal (todos sin excepción alguna sintiéndose abrazados por Cristo), la libertad de cada paciente advierte la urgencia de pronunciar hasta con las palabras “Tú, Oh Cristo mío”.
Es algo paradisíaco ver como cuando pronuncian el dulce nombre de Jesús, toda su personalidad vibra de conmoción hasta las lágrimas. No es que desaparezca el dolor o reduzcamos la dosis de morfina, sino que el nombre de Jesús, solamente con pronunciarlo, obra el milagro de devolver a cada uno la paz y la serenidad que el corazón anhela.
Amigos, es para mí una gracia indecible, ver todos los días la potencia del nombre de Jesús y advierto una pena grande en el corazón al ver cuanta tibieza hay en nosotros, cuán lejos estamos de lo que significa vibrar al sólo pronunciar el nombre santo de Jesús. Para mí, es una dulzura y una fortaleza única, desde el despertarme hasta el acostarme, afirmar continuamente “¡Tú, oh Cristo Mío!”, no sólo con el pensamiento sino con la boca. En esta conciencia de ser propiedad de Cristo, brota la libertad de aceptar mi dolor y el dolor de todos.
Mirando como mueren mis pacientes, con los ojos fijos en el Misterio, hacia arriba, hacia el Infinito, no puedo no sentir que esta es la única postura totalmente humana, porque el hombre está hecho para el Infinito. Recientemente me conmoví cuando Etsuro Sotoo, visitando nuestra clínica nueva, me dijo: “Padre, el cielo raso de cada habitación es importante que no sea blanco, sino como el cielo bellísimo del Paraguay, azul con unas líneas de nubes, para que el paciente cuando este por morir este boca arriba, mirando el cielo, signo de lo que es el Paraíso”.
Y es verdad, porque todos morimos de muerte natural, mirando hacia el Infinito y cuando el Infinito, que se ha hecho carne, es la vida de quien asiste al moribundo, el moribundo mismo sintiendo pronunciar “¡Tú, oh Cristo Mío!” cambiará su actitud, a veces llena de angustia, en una entrega total a Cristo y muere saboreando la paz de quien ha alcanzado la meta después de tanto navegar.
“Bajo el denso azul
del cielo un ave marina vuela;
nunca descansa, porque todas las imágenes llevan escrito:
más allá.”
¡Cómo son verdaderos estos suspiros dramáticos de Montale y qué intensidad de esperanza vibra al sólo sentirlos! Sin embargo, mis pacientes tocan con la mano ya, aquel “más allá” al cual todo remite

P. Aldo